miércoles, 24 de marzo de 2010

Una revelación

El que vive en este mundo y no reconoce que todo lo que ve y lo que siente es él mismo, cae en el engaño y el espejismo.

lunes, 22 de marzo de 2010

Intrusos

Eran tres y creían en todo menos en Dios. Se veían a sí mismos como intrusos de un sueño en el que siempre acababan pidiendo perdón. Hicieran o no los deberes todas las tardes terminaban echados en la playa imaginando un cielo que sólo fuera cielo, sin nubes ni pájaros erráticos, moteado tan sólo por las colas blancas de los aviones que parecían anunciar un mundo mejor.

jueves, 18 de marzo de 2010

Cerco de posesiones

Los hombres viven separados unos de otros, separados de lo que son en los otros, separados de sí mismos. El viejo llevaba todo su vida alejándose de lo que había sido. Tal vez por eso le costara tanto aceptarse. Ya no bastaba con comprar lo que fuera para ganarse un lugar en la memoria de la gente, ahora sus posesiones carecían de sentido, ni siquiera un loco las hubiera comprado, pero locos nunca faltaban.

lunes, 15 de marzo de 2010

Juan nunca Juanito

Juan Valdivia fue concebido en un lugar invisible del que sólo se habla en los márgenes de las grandes ciudades. Fue allí donde se cimentó su adhesión a lo irreal, donde construyó la paradoja más intrigante de su vida, cómo existir aún siendo intangible para el resto de la gente. Muy pronto aprendió que la existencia está ligada al mundo del otro, a sus ojos, a su tacto, a sus palabras, y que por mucho empeño que uno ponga si para los demás no eres nadie, desapareces, sin más, y en ese momento culminante, en el que se decide la razón de tu existencia, no eres sólo tú el que pierdes, también tus padres y tus abuelos, los cuales, como tú, fueron invisibles, y en ese bucle infame sus cuerpos se transforman en una espesa bruma por la que debes seguir caminando, quieras o no. La gente existe cuando está ligada a un nombre, pero sobretodo, cuando ese nombre es pronunciado. Por eso Juan se aferraba al suyo como el último de los hombres, temeroso de que la marea se lo tragara, por eso quizás, nunca permitió que le llamaran Juanito, aunque su tamaño se prestara a ello.

lunes, 8 de marzo de 2010

Un león ruge en la pantalla, no soy yo es él.


El viejo era abducido como un imán por el territorio de la barbarie, pero él se retraía, deteniéndose a pensar ¿qué era aquello que había venido a buscar?, ¿qué fuerza lo empujaba hacia adelante, acaso quería librarse de su vida o tal vez pretendía destruir el mundo y sobrevivir a él?, ¿estaba aceptando su incapacidad para comprender o bien se rebelaba ante esa incomprensión? Mientras la ciudad se desmoronaba presa del ruido y la velocidad Juan se imaginaba en la chabola, sentado en esa caja de cartón, que sardónicamente llamaban el trono, con las piernas colgando, sintiendo el frío en las rodillas y preguntándole a su madre por qué Dios se había olvidado de ellos. En ese estruendo medido y deliberado, en el que las palabras tropezaban unas con otras, se dio cuenta de que las deudas debían pagarse y que no hacerlo suponía la aceptación de la mentira y consigo la humillación perpetua.

viernes, 5 de marzo de 2010

Juan siguiendo la sombra de Johnny Rotten


Juan se aproximaba al encuentro con la absoluta certeza de lo aleatorio, adentrándose ya en la lejanía, haciendo hincapié en lo novedoso de su atrevimiento, sintiendo cada paso, cada bocanada de oxígeno, como un regalo, una victoria. Quería permanecer, se trataba de eso, atrapar las olas de su infancia, para anticiparse al expolio que se avecinaba, quería fusionarse con el paisaje, caminar entre las barracas hundidas y pintar de nuevo sus deseos en el espigón, aunque aquello supusiera el delirio, aunque un agujero negro se asentara de nuevo en su espíritu. No había un sentido comunitario en lo que hacía, no era el salvador de nadie, aunque así lo creyera, era una afirmación de su autonomía, de su voluntad emancipadora. Juan enmudeció mil veces antes de escupir sobre la deprimente comodidad que lo cercaba, por momentos, sin embargo, y ya habiendo tomado la decisión de volver, se asombraba por la frialdad de sus sentimientos y la inoperancia de sus palabras, que lo emparentaban con la mentira de la que huía. Inmerso en una de esas luchas intestinas, y reclinado sobre una de las farolas del paseo, descubrió la agudeza de los alcaldes de la ciudad, que, unos tras otro, como directores de marketing, habían delineado el horror en su piel, tatuándole el desprecio y la complacencia.

lunes, 22 de febrero de 2010

L.A (I)

Los Ángeles es una ciudad ficticia, un espejismo en medio de la nada. No soy yo, es el empuje del aire llenando el vacío lo que hace ruido, un ruido que retumba en los granos afilados del desierto que ahora habito. Al parecer fuimos increíblemente felices aquí. Me pregunto si volveremos a serlo alguna vez. Estoy otra vez asustado por la claridad de sus recuerdos y la propagación de sus premoniciones, asustado y desengañado, porque ¿Quién sabe? ¿No es, en medio del amor, el amor mismo lo que uno más teme?
Días de penuria, cielo azul donde jamás se ve una nube y el sol flotando en él, días de abundancia que ya no volverán. Esto es L.A, un semáforo imponente que cambia de color cuando menos te lo esperas.
Hay mucha tristeza en el fondo de mi estómago. No voy a esconderlo, tengo hambre, un hambre animal que me está volviendo loco. ¿¡Cómo!? Os preguntaréis. ¿Cómo se puede tener hambre y pesar ciento cinco quilos? Se puede, por mi madre que se puede. Sin embargo es el dolor ajeno el que me empuja, el que sacude mis recuerdos y me revuelve las tripas. ¿Dónde quedaron los días amables, dónde quedó la ternura? Me la robaron. Ahora recuerdo cuando decías “nunca te apartes del camino”, ahora que estoy en la orilla, borracho y solo, recuerdo como me acariciabas las mejillas y tiemblo como nunca he temblado.
La depresión puede revivirlo a uno si la vence, me dicen los tipos elegantes de Beverly Hills y yo les miro sabiendo que cuando lleguen a sus casas se limpiaran las manos por haberme rozado.
Recuerdo que te levantaste, anduviste tambaleándote hasta el lavabo y te lavaste la cara. Te vi vestirte, me besaste en la frente y te alejaste, oí el crujido de las ramitas que pisaban tus pies inseguros y me eché a llorar convencido de que no volverías. Y así fue.
Siempre tengo la sensación de estar siendo espiado. Unos ojos inquisidores aplacan mi voluntad de seguir sentado, por eso a menudo me levanto y dibujo un círculo con la mirada, para desenmascarar a los espías y darles su merecido.
Pido limosna para que me quieran. Lo digo con esa falsa ingenuidad que me da de comer. Si me preguntáis, no nací aquí, me vine al Oeste en busca de oro y sólo encontré la mirada asfixiante de los dependientes que me siguen a todas partes.