viernes, 8 de octubre de 2010

Huellas

"No dejo nada aquí
más que huellas de dedos
sobre huellas de dedos
en la piedra
futuros surcos en la historia
de esta ciudad que envejece
con todos nosotros."

Miriam Reyes

martes, 5 de octubre de 2010

Impotencia salvaje

"Es absurdo hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes." Pintada en un muro derruido del antiguo campo de concentración de Formentera.

N.Y.

¿Qué puede hacer un escritor inerme, un demiurgo indefenso, un hombre al fin sin palabras, un sujeto ya sin poder para sujetar la realidad? Nada, salvo poner el cuerpo en lugar de la palabra, dejarse tocar en lugar de nombrar, abandonarse a la voracidad de la vida, sin reparos, solo, como un eunuco perverso. Se trataba de la invitación, de la llamada, de la urgencia a pasar a una dimensión más humana, más real, real de tan cutanea, epidérmica, susceptible de ser devorada. Dejarse tocar, también lastimar o, ya en lenguaje de escritores, porque no olvido que lo sigo siendo, escuchar, escuchar para dejar de hablar. ¿Qué puede hacer un escritor con dos manos como sartenes? Irse a Nueva York.

lunes, 4 de octubre de 2010

Naufragos

Los primeros días me dejaba caer en el espigón rocoso de la bahía, al parecer sólo allí me atrevía a entender lo que ocurría. Rozaba el mar con la yema de mis dedos ansioso de encontrar en él la respuesta que los hombres horas antes me habían negado. Sentía en su textura el paso del tiempo que la gente había olvidado, los años en los que el viento había guiado sus pasos sin premura, con la constancia adecuada, y que ahora, cansado, se había agotado de soplar. Sin embargo la isla existía en los cuerpos agrietados de sus pescadores, se hacía fuerte y solemne en los ojos oscuros, casi negros, de sus madres, que aún no habían olvidado dónde estaban ni quiénes eran. Lo humano se mostraba como un naufragio que ya había tenido lugar. La mentira se había asentado como una segunda naturaleza y la tristeza se iba imponiendo poco a poco. Pero frente a este paisaje desolador asomaba la lentitud de los viejos que entre susurros te hablaban del vigor de los jóvenes los cuales decían haber descubierto el sentido de sus vidas.

Correr cuando no puedes hacer otra cosa

Eres muy amable conmigo, respondí aferrado a mis palabras. Ella miraba mis cicatrices e imaginaba un pasado cubierto de minas donde la sangre corría demasiado deprisa. Había algo sorprendente en esa mujer, era su absoluta, irremediable, a veces intolerable, incapacidad para mentir. Eso me asustaba. Podía pasar días enteros sin mirarle a los ojos, días que aprovechaba para echarme a correr, sin rumbo ni motivo, simplemente sintiendo el soplido incesante de mi desesperación. Yo quería escribir una novela sin tener la esclavitud de buscar la verdad, sin tener que aceptar la mediocridad que trepaba ansiosa por mis venas. Quería derribar los muros que alguien había levantado frente a mí para sentir el placer de verlos caer igual que yo estaba cayendo. Pensaba que al hacerlo llevaba a cabo un acto de justicia, mi impotencia se solapaba a la impotencia del mundo, así, creía, ya no me sentiría tan solo. Sin embargo mis zancadas nunca fueron lo suficientemente firmes, ni siquiera mi voluntad era tan consistente como creía, simplemente me dejaba llevar por los caprichos de los demás, eran los otros los que conducían mi vida, como si fuera un juguete en sus manos, como si mis decisiones fueran la prolongación o la confirmación de otras extrañas y ajenas voluntades.
Lo recuerdo como si fuera hoy, llegué hasta casa, subí las escaleras de dos en dos, de tres en tres, cerré la puerta a mi espalda, me quité la camiseta y me tendí con el torso desnudo en la cama, agotado. No la oí llegar, puede que flotara por el pasillo, puede que en un alarde de superioridad me mostrara que sólo ella podía desprenderse del suelo, que sólo ella podía convertir mi vida en un lugar apacible y tranquilo. Luego sentí el tacto de sus senos en mi boca y desperté.

domingo, 3 de octubre de 2010

Algo cálido y sinuoso

Al principio nuestro tiempo era la noche, la oscuridad, la conciencia dormida acurrucuda al borde del precipicio, el instante en que nos sumergíamos el uno en el otro y en el que el abismo se desvanecía por completo. Nuestros cuerpos funcionaban igual que dos máquinas perfectas para producir placer. El placer, luego el sueño. Como la muerte. Nuestra cama era una fiesta, así es como ella lo veía, una fiesta ligera y vaporosa que pendía de nuestro aliento. Mientras escuchaba embelesado sus palabras veía como una serpiente hecha de jadeos se colaba entre sus piernas dejándola muda e inconsciente.

El reto de un hombre libre

Nos sumergíamos cada día más el uno en el otro, sin remedio, con la absoluta certeza de un final próximo, agobiante y reparador. ¿De qué otro modo reconoceríamos nuestros deseos, si no fuera eschuchándolos desde dentro? ¿Cómo hacerlo si no nos hubiéramos adentrado en esos territorios prohibidos que nos habían enseñado a ignorar? ¿Cómo podríamos captar los pensamientos, la visión que teníamos del mundo, si no hubieramos encontrado una forma de estar juntos, de pertecernos eternamente el uno al otro? Me parecía que si lográbamos renunciar a nuestro pasado, si llegábamos a reducir la conciencia a la mínima expresión, entonces, sólo entonces podríamos conseguirlo.