jueves, 12 de noviembre de 2009

Moshe en la trinchera

Voy con mi madre a la oficina de la comunidad por un tema de un piso, algo relacionado con las propiedades de mi abuelo, y allí, mecidos por la brisa, veo colgados los cuerpos de los ahorcados, con la cara azul, la cabeza inclinada hacia atrás y la lengua ennegrecida por la falta de oxígeno. Coches lujosos vienen desde Alexanderplatz, civiles alemanes con sus esposas y sus hijos que acuden para ver el sensacional espectáculo y, como es de costumbre, fotografían la escena entusiasmados, como si fueran espectadores de primera fila del estreno mundial del nazismo, de repente me reconozco entre la multitud con mi traje gris de las juventudes, excitado ante la posibilidad de esquivar de nuevo a la muerte, mi madre camina cabizbaja estrujando mis dedos, de fondo escucho los gritos ahogados de los nuestros, repartidos por todo el continente, mamá, por qué corres, le pregunto, mi madre alijera el paso y se lleva la mano a la cabeza, no hay esperanza para los que son como nosotros, se le escapa entre los labios, el estadillo de una bomba de mortero me saca del catre, tengo los dedos congelados, no hay forma de sacarme esta historia de la cabeza, miro a mi alrededor, hace tiempo que he dejado de creer en los milagros. Soy Markus Vöss y pronto acabará esta guerra.

Markus emocionado

Espero impaciente la reunión de los jueves ya que en ella me siento vivo. Ver a mis compañeros, a mis hermanos, me llena de orgullo. La semana pasada estuve charlando con Klaus sobre la primavera en Polonia, lo bien que lo pasábamos, lo libre que nos sentíamos, llegamos a la conclusión de que deberíamos haber desertado a la orilla del Bystrzyca, donde nunca faltaba carne ni tabaco, casarnos con una granjera polaca y tener un montón de hijos mestizos. Hoy es jueves por lo que me siento más animado de lo normal, además esta noche es especial, nos visitan nuestros hermanos del otro lado, hacía tiempo que eso no pasaba, por lo que hemos preparado un gran recibimiento, con banderas y uniformes, la Wehrmacht vuelve a lucir sus galas de antaño y eso me enternece de nuevo.

Tres pasos por detrás de mi vida

Tomás no se subió a ese barco que lo llevaba a México, que lo alejaba del miedo y de la humillación, prefirió quedarse en el fango, en los días difíciles, en los cuartos húmedos, desechó la posibilidad de triunfar, de montar su propio negocio, de estudiar una carrera, eligió quedarse con Maria, embarazada de dos meses, enfrentándose a superiores analfabetos, al hambre insoportable de los vencidos, no se que equivocó como no lo han hecho nunca los que no temen, los que no dudan, los que aman sin condición, cómo iba a equivocarse si no, tan seguro de si mismo, tan tozudo, arrastró sus maletas por el puerto de Alicante sabiendo que una vida se alejaba, pero que la suya, a la que se había aferrado con todas sus fuerzas, le esperaba al otro lado de la calle, en un bar humilde donde escribiría la carta más importante de su vida, María, espérame, allí donde estés, no tengas miedo, todo saldrá bien, acuérdate de lo que hablamos un día en la balsa del Retiro, jugando con los patos, acuérdate de lo bien que lo pasamos, y piensa en mí con todas tus fuerzas, vamos a lograrlo, no hay fuerza en el mundo que pueda evitarlo, espérame.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Version 1.0


Moi es un niño solitario obsesionado con los aviones. Ismael, su padre, es un tipo inseguro incapaz de mostrar cualquier tipo de afecto. Aurora, su madre, es una mujer luchadora e independiente que sostiene el rumbo de la familia. Sin embargo todo se tuerce al desaparecer ésta en un accidente de aviación. Ni el padre ni el niño aceptan esta nueva situación. Ambos deciden fingir y hablar de la madre como si en cualquier momento fuera a aparecer. El padre se siente impotente ante su incapacidad para llenar el vacío de la madre y termina abandonándose a la bebida. Por su parte el niño se convence de que si es capaz de volar, de mantenerse en el aire, acabará encontrando a su madre. Ante esta situación desesperada un nuevo inquilino llega al barrio, lo llaman “El Alemán” aunque ese no sea su verdadero nombre.

Moshe antes de convertirse en Markus

Vengo del pesar de un pueblo con historia, soy un superviviente de un lugar donde han sucedido ya todas las cosas, donde no hay más esperanza que el silencio, me llaman por mi nombre y no respondo, cruzo la calle sin mirar atrás y corro hasta colarme en un agujero, cierro los ojos y mantengo la respiración, soy la última plegaria de una tribu de supervivientes, la letanía de un loco que se cree invulnerable y quizás sea invulnerable, soy mi voluntad y el desasosiego, soy las ganas de vivir y la fuerza inagotable de mis brazos, no tuve alternativa, lo juro, tuve que hacerlo, quería vivir, quería pasear por la calle como todo el mundo, sin que me insultaran, sin que me patearan, quería más que nadie brindar por la vida, quería sus casas, sus mujeres y sus negocios, lo quería todo, pero me lo negaron, ¿acaso no me había esforzado lo suficiente, no había estudiado y cantado ese maldito himno, no había comido en sus casas como ellos lo hicieron en la mía, acaso no era tan alto y rubio como ellos, por qué entonces tantas distinciones, por que diablos me dieron la espalda, mis amigos, mis vecinos, mi pais?

Moshe ante su enfermedad

Para ser otro hace falta un control sobrehumano, para no delatarse, para callarlo todo sin tener un secreto preciso al que aferrarse, para mirar con otros ojos y no ser visto, para gritar sin llamar la atención. Ningún ser humano puede aislarse tanto que no vuelva a ser él mismo, y es más, en ese aislamiento, siempre hacia adentro, penetramos cada vez más en nuestro yo, del que jamás podemos huir, por lo que nuestra huida se convierte en un atajo hacia la más puro de nuestro ser. Soy un hombre que ha aplazado su vida durante cuarenta años, durante todo este tiempo he intentado hacer lo debido, me casé, con cierta repugnancia, no lo puedo negar, era una forma de afianzar lo que había conseguido, la escogí de buena familia, relativamente guapa, una aria de los pies a la cabeza, la dejé preñada enseguida, después de todo lo que había pasado, necesitaba tranquilidad y costumbres regulares, mi vida iba encaminada hacia no tener inclinación por nada que fuese no tener inclinación por nada, me hice viejo y mis nietos me regalaron una maceta, el mundo era un lugar extraño y mi mujer era una desconocida, el suelo se abría bajo mis pies, por todos lados gente que no podía recordar, y al mismo tiempo gente que recordaba y no existía, habían desaparecido, lo único que quería era volver a casa, una casa sin techo ni ventanas que me esperaba en algún lugar.

martes, 10 de noviembre de 2009

Tomás


Tomás se ponía en guardia flexionando las piernas y pegando los brazos al cuerpo, luego ponía esa cara de tipo duro que tanto le gustaba a las chicas, Tomás era un chico listo de Chamberí que podía convertir cualquier desperdicio en oro puro, así fue hasta que empezó la guerra, la maldita guerra que todo lo iba a solucionar y que acabó por destruir el coraje de tantos tipos de buena voluntad. Tomás no lo pensó dos veces, se alistó de los primeros, justo después de cumplir los dieciocho, pero el estruendo de las bombas transformaría su forma de ver las cosas, caminando entre los escombros pensó que la guerra no era una fiesta, que el frío y el hambre lo invadía todo, y que de esa forma no iban a llegar muy lejos. Sin embargo alguien tenía que enfrentarse al horror, quién podía negarse. Tomás caminaba en retirada, arrastrando su orgullo por pueblos de paja, maldiciendo a sus enemigos, esperando una nueva oportunidad, algo que le brindara la posibilidad de seguir luchando, pero no llegaba, nunca llegaba, nadie le esperaba al otro lado. A pesar de las humillaciones constantes, de las pérdidas abrasadoras que le ardían por dentro, dejándole vacío, a pesar de los sueños hundidos, de la locura latente que sentía tan cercana, no se rindió, lo sé porque lo vi, creedme, vi como sorteaba a la muerte y a las tormentas, vi como le hablaba a sus hijos, vi como miraba a su esposa, lo vi y es real. El mundo se ha vuelto tan árido y las personas hablan, hablan y hablan sin decir nada y Tomás ya no está entre nosotros. Ese tipo delgado que en medio de la guerra, entre las ruinas de un pueblo bombardeado, construyó un columpio con las vigas derrumbadas de una casa para que los niños siguieran siendo niños.